Hay una manera de mirar un mapa que ya se parece un poco a viajar. Sigues una carretera con los ojos, te detienes en el nombre de un pueblo y te preguntas qué habrá por allí. Todavía no has salido de casa y el día empieza a tener otra forma.
Me gusta viajar. Me gusta ir en moto. Las dos cosas comparten esa posibilidad de cambiar de perspectiva: salir de los recorridos habituales y prestar atención a lo que aparece. Un paisaje distinto, una parada que apetece, una carretera que invita a seguir descubriendo.
La moto tiene además una forma muy directa de hacerte estar en el camino. El aire, la temperatura y la luz forman parte del trayecto. Conducir pide presencia. Y esa atención al momento tiene algo que agradezco cuando llevo demasiado tiempo con la cabeza repartida entre pantallas, tareas y planes.
Disfruto preparando las salidas. Buscar una ruta, pensar en las paradas, compartir una idea con otras personas. Organizar tiene su encanto: le vas dando forma a algo que aún no ha ocurrido. El viaje empieza a existir en esas primeras conversaciones.
Luego conviene dejarle un poco de espacio. Los planes sirven para ponerse en marcha, y el camino siempre trae sus propios matices. Una parada puede alargarse porque se está a gusto. Una conversación puede acabar siendo parte del recuerdo del día. También se viaja así.
A veces queremos aprovechar tanto el tiempo libre que terminamos llenándolo de obligaciones pequeñas. Verlo todo, llegar a todo, seguir el horario. A mí me gusta reservar un hueco para disfrutar de estar donde estoy, aunque eso signifique volver con algunos sitios pendientes.
Hay destinos que hacen mucha ilusión. También hay días en los que basta salir, recorrer unos kilómetros y volver con la cabeza un poco más despejada. Para esos días, el camino ya lleva bastante dentro.


