Un balón de baloncesto tiene un sonido que se reconoce enseguida. El golpe contra el suelo, el pequeño silencio de la subida y otra vez el golpe. Hay algo en ese ritmo que ya te coloca dentro del juego, aunque todavía estés fuera de la pista.
El baloncesto y el deporte han ocupado una parte importante de mi vida. Cuando algo te acompaña durante tanto tiempo, acaba dejando huella en sitios que al principio no esperabas. En cómo afrontas una dificultad, en lo que entiendes por esfuerzo o en la forma de estar con otras personas.
En un equipo hay que aprender a mirar alrededor. Saber dónde estás y dónde están los demás. Entender cuándo toca dar un paso al frente y cuándo el mejor movimiento es facilitar el de otro. Me gusta esa inteligencia compartida que necesita el juego: una buena decisión puede empezar en unas manos y terminar en otras.
También está la constancia. Ese trabajo que muchas veces ocurre lejos de los momentos que se recuerdan. Repetir, corregir, volver a empezar. Hay días en los que las cosas salen y otros en los que cuesta encontrar el ritmo. En todos ellos se aprende algo, aunque a veces haga falta tiempo para reconocerlo.
El deporte enseña a convivir con los errores. Fallar forma parte de participar de verdad. La siguiente jugada llega y pide atención; quedarse viviendo en la anterior te deja fuera de lo que está pasando. Es una idea sencilla que tiene recorrido también fuera de la cancha.
Con los años, el marcador pierde detalle en la memoria. Permanecen otras cosas: el sentido de equipo, la disciplina, el gusto por intentarlo y el respeto por el esfuerzo ajeno. Todo eso se viene contigo cuando sales de la pista.
Por eso el deporte tiene un sitio en esta web. Está en mi forma de entender muchas de las cosas que hago, incluso cuando delante tengo una pantalla, una guitarra o una idea que todavía necesita trabajo.


